Humanidad absoluta

…lo esencial es haberse percatado de un modo exacto de que precisamente la seudorreligión de la Humanidad absoluta es el principio de un camino que conduce a un terror inhumano. Era ésta una conclusión nueva, mucho más profunda que las numerosas y grandilocuentes sentencias que De Maistre formulara sobre la revolución, la guerra y la sangre. Comparado con el español, cuya mirada había penetrado en los abismos de terror de 1848, De Maistre es todavía un aristócrata de la restauración del antiguo régimen, un prolongador y profundizador del siglo XVIII. Lo que Donoso tiene que decirnos es, en cuanto al estilo de su pensamiento y de las palabras decisivas y por el contenido de lo que nos comunica y la coacción de la coyuntura histórica, algo que difiere de la filosofía de los autores conservadores y tradicionalistas, que, por lo demás, es posible que hayan influido poderosamente en él. Son arrebatos que, cual relámpagos, saltan a menudo de una nube de retórica tradicional, completamente distinta. Aunque también es cierto que hay que familiarizarse con su lectura.

Sus arrebatos no deben calificarse de estilo aforístico. Sería equivocado pretender convertir su obra en antología de frases fuertes. La palabra decisiva, la frase sustancial, a menudo afloran de repente envueltas en largas y fatigosas disquisiciones, incluso discutibles desde el punto de vista teológico; pero no pueden componerse ni aislarse. Quien las oye, las reconoce como aviso de una realidad concreta y una verdad histórica. Hemos aprendido a comprender concretamente a Nietzsche, pese a la fosforescencia de sus impresiones; no como teoría ni sistema, sino como vida e ingente destino. Mucho más justificadamente aún podemos exigir que sean escuchadas las palabras decisivas de Donoso, palabras de su existencia y de la nuestra propia. Entonces comprendemos lo asombroso; el que un hombre, en el año 1848, vislumbrara todo el mar de sangre en el cual habían de desembocar aún por espacio de cien años todas las corrientes revolucionarias.

Carl Schmitt, Interpretación europea de Donoso Cortés (1950)

Reflexión

Casi todos los que desconfían de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atención prolongada. Esta especie de polarización cerebral con relación a un cierto orden de percepciones afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad analítica, espolea la imaginación constructiva y, en fin, condensando toda la luz de la razón en las negruras del problema, permite descubrir en éste inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de horas de exposición, una placa fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigida al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso problema.

La comparación precedente no es del todo exacta. La fotografía astronómica limítase a registrar actos preexistentes de tenue fulgor, mas en la labor cerebral se da un acto de creación. Parece como si la representación mental obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un amibo, apéndices invasores que, después de crecer en todos sentidos y de sufrir extravíos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las ideas afines.

La forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y renuncias. Convendrá durante la susodicha incubación intelectual que el investigador, al modo del sonámbulo, atento sólo a la voz del hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro, en la conversación, hasta en la lectura meramente artística, buscará ocasión de intuiciones, de comparaciones y de hipótesis, que le permitan llevar alguna claridad a la cuestión que le obsesiona. En este proceso adaptativo nada es inútil: los primeros groseros errores, así como las falsas rutas por donde la imaginación se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el éxito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.

Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relación a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anatómica y dinámicamente, adaptándose progresivamente al tema. Esta adecuada y específica organización adquirida por las células nerviosas produce a la larga lo que yo llamaría talento profesional o de adaptación, y tiene por motor la propia voluntad, es decir, la resolución enérgica de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza del asunto. En cierto sentido no sería paradójico afirmar que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve, por donde tienen fácil y llana explicación estas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la solución tan laboriosamente buscada. ¡Cómo no se me ocurrió esto desde el principio! —exclamamos—. ¡Qué obcecación la mía al obstinarme en marchar por caminos que no conducen a parte alguna!

Santiago Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad (1897)

*Pintura: Santiago Ramón y Cajal, capitán médico en Cuba, retratado por Izquierdo Vives

Impulsos

El psicoanálisis es una técnica para curar a los individuos que sufren en forma excesiva a causa de sus deseos y hostilidades inconscientemente mal dirigidos que tejen a su alrededor sus privadas telarañas de terrores irreales y de atracciones ambivalentes; el paciente liberado de ellos se encuentra capacitado para participar con cierta satisfacción en los temores más reales, las hostilidades, las prácticas eróticas y religiosas, empresas comerciales, guerras, pasatiempos y tareas domésticas que le ofrece su cultura, particular. Pero para aquel que ha escogido deliberadamente la difícil y peligrosa jornada que sobrepasa el acervo de su pueblo, ha de considerarse también que estos intereses están basados en un error. Por lo tanto, la meta de la enseñanza religiosa no es curar al individuo para adaptarlo al engaño general, sino apartarlo del engaño; y esto no se logra reajustando el deseo (eros) y la hostilidad (thánatos) porque eso sólo origina un nuevo contexto de engaño, sino extinguiendo esos impulsos desde la raíz, de acuerdo con el método del celebrado Camino óctuple de los budistas:

Creencia Recta, Intención Recta,
Palabra Recta, Acción Recta,
Modo de Vida Recto, Esfuerzo Recto,
Pensamiento Recto, Concentración Recta.

Con la final «extirpación del engaño, del deseo y de la hostilidad» (Nirvana), la mente sabe que no es lo que había pensado: el pensamiento desaparece. La mente descansa en su verdadero estado. Y allí puede quedarse hasta que el cuerpo se desvanezca.

Estrellas, oscuridad, una lámpara, un fantasma, rocío, una burbuja,
Un sueño, un relámpago y una nube:
Así deberíamos mirar todo lo que se ha hecho⁠[122].

El Bodhisattva, sin embargo, no abandona la vida. Vuelve su mirada desde la esfera interior de la verdad que trasciende el pensamiento (que sólo puede ser descrita como «vacío», ya que sobrepasa el lenguaje) de nuevo hacia el mundo de los fenómenos exteriores, lo percibe sin el mismo océano de ser que encontró adentro. «La forma es el vacío y el vacío es, sin dejar lugar a duda, la forma. El vacío no es diferente de la forma y la forma no es diferente del vacío. Lo que es forma es vacío, lo que es vacío es forma. Y lo mismo se aplica a la percepción, al nombre, a la concepción y al conocimiento»⁠[123]. Habiendo sobrepasado los engaños de su ego anteriormente autoafirmativo, autodefensivo, preocupado por sí mismo, él siente afuera y adentro el mismo reposo. Lo que observa hacia afuera es el aspecto visual del inmenso vacío que trasciende al pensamiento sobre el cual cabalgan sus propias experiencias del ego, la forma, las percepciones, la palabra, las concepciones y el conocimiento. Y se siente lleno de compasión por los seres aterrorizados de sí mismos que viven en temor de su propia pesadilla. Se levanta, vuelve a ellos y con ellos habita como un centro sin ego, a través del cual el principio del vacío se manifiesta en su propia simplicidad. Éste es el gran «acto de compasión», por medio del cual se revela una verdad: la de que en el entendimiento de aquel en quien ha muerto el Fuego Triple del Deseo, la Hostilidad y el Engaño, este mundo es el Nirvana. «Olas de dones» salen de ese ser para la liberación de todos nosotros. «Esta vida mundana de nosotros es una actividad del Nirvana mismo y no existe entre ambos ni la más ligera distinción»⁠[124].

De manera que puede decirse que la meta terapéutica moderna de la curación de regreso a la vida se obtiene, después de todo, a través de la antigua disciplina religiosa; sólo que el círculo seguido por el Bodhisattva es un círculo grande; y el apartamiento del mundo se ve no como una falla sino como el primer paso en ese doble camino que lleva a la curva más remota en el cual la iluminación ha de ganarse acerca del profundo vacío del universo que nos rodea. Este ideal es bien conocido también en el hinduísmo: aquel que ha sido libertado en vida (jivan mukta), desprovisto de deseos, compasivo y sabio, «con el corazón concentrado por el yoga, que considera todas las cosas de la misma manera, se ve a sí mismo en todos los seres y a todos los seres en sí mismo. De cualquier manera que lleve su vida, ese hombre vive en Dios»⁠[125].

Notas:
[122] Vajracchedika
[123] Prajña-Paramita-Hridaya Sutra
[124] Nagarjuna, Madhyamika Shastra
[125] Bhagavad Gita, 6:29

Joseph Campbell, El Héroe de las Mil Caras (1949)

El ignorado Donoso Cortés

… hay que reconocer en Donoso a uno de los más grandes pensadores políticos del siglo XIX. Un hombre que en el año 1848 previó que la futura revolución socialista no estallaría en Londres, sino en San Petersburgo, y que ya en 1848 vio en la unión del socialismo con el eslavismo el acontecimiento realmente decisivo de la generación venidera, es un pensador político dotado de una rara facultad de vislumbrar, a través de construcciones combinadas, los móviles ideológicos de los hombres en sus postreras consecuencias políticas y que merece ser escuchado incluso cuando, con un estilo que hoy resulta trasnochado, se interna en el campo de la teología. Añádase a esto que, en la historia de la crítica del parlamentarismo moderno, él formuló con carácter definitivo todos los puntos de vista decisivos. Sobre todo, aprehendió en su más honda esencia los problemas de la discusión burguesa, al definir la burguesía como «clase discutidora» y oponer al intento de fundar un Estado sobre la discusión, con gran energía, la idea de decisión. Sigue siendo éste un gran acierto teórico y político. Por lo demás, su singular importancia estriba en haber advertido —en una época de relativizadora disolución de los conceptos y antagonismos políticos y en un ambiente de fraude ideológico— la noción central de toda gran política y en haberla mantenido firmemente a través de toda suerte de engañosas y falaces ofuscaciones, tratando de determinar más allá de los distingos propios de la política del día, la grande, histórica y fundamental distinción entre amigo y enemigo. Lo hizo totalmente a impulsos de su propia existencia de católico español, bajo la trágica impresión de una Europa que iba haciéndose capitalista, sin ninguna pasión de mandar ni crueldad personales, y sí, por el contrario, con toda la limpia humanidad de su idiosincrasia que, como hombre, nos lo hace tan amable.

Ese filósofo de una dictadura radical ha dicho de sí mismo que no tendría la dureza necesaria para ser dictador; testimonio éste que no habla en contra, sino a favor de su teoría, pues demuestra que sus ideas de lucha y decisión fueron fruto de la meditación sobre las cuestiones y la situación políticas, y no de la particular maldad de un espíritu misantrópico. En su carácter personal, Donoso acusa un rasgo liberal, en la mejor acepción de este término; incluso se muestra mejor y más esencialmente liberal que sus adversarios humanitariamente moralizadores. Y es que el plano propio que corresponde a todas las cualidades liberales viene a ser la esfera de lo individual y personal, no la de las ideas estatales ni políticas. Hora es ya de que se reconozca en toda su pureza y grandeza a este hombre extraordinario y simpático como figura importante de la historia del pensamiento europeo, y se dejen de enfocar exclusivamente los vicios y las insuficiencias de sus demostraciones, considerando, en su lugar, el raro fenómeno de una intuición política que se mueve entre horizontes seculares.

Carl Schmitt, El ignorado Donoso Cortés (1929)

*Pintura: Retrato de Donoso Cortés, por Germán Hernández (1874)

El Corazón

Es un gusto profundo y consolador comprobar, y se comprueba siempre que se quiere, que el hombre que piensa de otro modo es como uno mismo y como cualquier otro que tenga los ideales que le plazca. Basta que nos despojemos del disfraz con que andamos por la vida y hablemos, en silencio, de lo que pasa en nuestro corazón.

El corazón, si se le deja solo, es, siempre, casi igual a todos los demás corazones.

Gregorio Marañón, Prólogo de Almas Ardiendo (Léon Degrelle)

Inventar

La verdad es que, por ahora, los vascos asombramos un poco a los palurdos del interior con nuestras novedades mecánicas; pero esos palurdos nos podrían decir, si lo supieran, que ellos hicieron antes algo muy original y que nosotros no hacemos ahora más que repetir lo que se hace fuera de España. También se deslumbra a la gente de fuera con el dinero. Es cosa ésta que no me produce ningún fervor ni ningún respeto. En Bilbao, como en todo el País Vasco, echan más chispas las chimeneas que el espíritu de los hombres. No inventamos, no podemos inventar. ¡Inventar! Esta es la gloria de la humanidad.

La invención, como las grandes concepciones de la Filosofía, nos están, por ahora al menos, vedadas. Llevamos mucho lastre inútil para ser ligeros, ágiles e inventores; llevamos el peso de todos los mitos semíticos, de esos mitos que, como dice Nietzsche, ni son europeos ni nobles; llevamos el peso de todas las viejas, de todas las muertas fórmulas latinas.

Cuando se ve a un moro que tiene en un libro toda la verdad, se comprende que su raza no podrá dar nunca un Kant o un Newton. La mayoría de los españoles, y la casi totalidad de los vascos, son moros que, en vez de llevar el Corán, llevan en el espíritu la doctrina del Padre Astete.

Pero perdonad si mi divagación toma un giro agrio, político y lamentable. Yo no sé decir más que lo que pienso, aunque lo que piense sea malo.

Pío Baroja, Las horas solitarias (1918)

Cultura de la Sinceridad

En la República Popular China entra en funcionamiento la «cultura de la sinceridad», que se prevé estará totalmente desarrollada y a plena capacidad para 2020. El sistema se articula alrededor del llamado «crédito social», mediante el cual el Estado, utilizando la información sobre los ciudadanos obtenida a través de herramientas diversas —como el reconocimiento biométrico a partir de cámaras de seguridad (en el momento, hay instaladas 175 millones en el país)—, controla los archivos de pago de impuestos, compras en plataformas de venta online, licencias de tráfico, uso de redes sociales, etc. Utilizando técnicas de Big Data, el Estado chino creará una lista de personas físicas y jurídicas «no dignas de confianza» que serán penalizadas con castigos diversos, de un año de duración como mínimo. Se les prohibirá, por ejemplo, que soliciten un crédito, trabajen en determinadas entidades y ocupen determinados cargos, adquieran pasajes de avión, puedan cursar estudios en una determinada escuela o universidad o, incluso, que puedan residir en determinadas ciudades. La lista será actualizada cada mes. Transportar objetos prohibidos, comportarse de manera «problemática» (comportamientos diferentes a los debidos), no pagar impuestos o multas, utilizar documentación falsa, difundir falsas alarmas terroristas, fumar en lugares prohibidos… son conductas que supondrán la inclusión de los individuos en la lista. Únicamente serán promocionadas las personas que no estén incluidas. Además, el sistema contempla establecer incentivos para mejorar la clasificación, como participar en actividades organizadas por el Partido Comunista Chino y demostrar lealtad al Estado.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Música

Para mí siempre ha sido motivo de consuelo y justificación para toda la vida que haya música en el mundo, que uno muchas veces se sienta impresionado por ciertos ritmos e inundado por armonías. ¡Oh, la música! Le nace a uno cierta melodía, la canta uno silenciosamente, en el interior solamente; toda la naturaleza individual se posesiona de la tonada y se deja uno llevar por ella por su fuerza y emotividad, y lo notable es que mientras se adueña de uno se olvida lo fortuito, lo banal y lo burdo, nos armoniza con el universo y nos da fuerzas y alas contra nuestra torpeza y depresiones. La melodía de una canción folklórica hace todo eso, y sobre todo nos armoniza sentimentalmente. Por cada armonía agradable, de notas bellamente combinadas, quizás en un solo acorde, nuestro espíritu se siente halagado y anhela seguir escuchando con deleite; hay momentos en la vida en que el corazón se siente lleno de gozo y regocijo que ningún otro placer sensual nos pueda dar.

Hermann Hesse, Gertrude (1910)

Perfección

La perfección humana y la perfección técnica son incompatibles. Si queremos la una debemos sacrificar la otra; en esta decisión comienza la bifurcación. Quien llegue a descubrirlo trabajará más limpiamente, de una manera u otra.

La perfección tiende hacia lo mesurable, y lo perfecto hacia lo inconmensurable. Por eso los mecanismos perfectos llevan a su alrededor el aura de un brillo turbador, pero también fascinante. Suscitan el temor, pero también el orgullo titánico que no quiebra la comprensión, sino solamente la catástrofe.

El temor, y también el entusiasmo que nos comunica la contemplación de mecanismos perfectos, es la contrapartida exacta de la sensación placentera que produce la contemplación de la obra de arte perfecta. Sentimos el ataque a nuestra integridad, a nuestro equilibrio.

Ernst Jünger, Abejas de Cristal (1957)

Arte

Cuando la mayoría de las obras de arte no logran asombrarnos, la explicación tal vez resida en la insensibilidad arraigada que caracteriza y forma parte del estilo de vida contemporáneo. Pero también puede ser consecuencia, como elocuentemente expuso Solzhenitsyn, de los usos que hacemos del arte, tan alejados de su esencia, ya que desde el momento en que aparece la obra de arte entran en juego infinidad de factores —instituciones culturales, presiones sociales, leyes, modas, costumbres, tendencias…— que nos arrastran cada uno en una dirección diferente. La fama, el dinero, el conformismo, la búsqueda de atención, el impulso a rebelarse provocan que el artista abandone su propio enfoque para acomodarse al de otros, de acuerdo a formulismos y esquemas preestablecidos, o que valore los convencionalismos externos por encima de su visión interior. El resultado inevitable es una multitud de obras de arte mediocres, incapaces de conmover a nadie. No es de extrañar, pues, que ante la saturación de objetos estéticos que nos rodea tengamos que distinguir entre el arte auténtico y el que no lo es; es decir, entre el arte que nos asombra, nos maravilla y nos sitúa ante la profundidad del misterio del ser, y el arte que simplemente intenta reforzar nuestras ilusiones compartidas, buscando reconfortarnos o intimidarnos, bajo la idea de que no hay nada ante lo cual maravillarse, puesto que todo ha sido ya inventado.

J. F. Martel, Vindicación del Arte en la Era del Artificio (2015)

Tiempo

La verdad es que el tiempo no es algo que se desarrolla uniformemente, y, por consiguiente, su representación geométrica por una línea recta, tal como la consideran habitualmente los matemáticos modernos, no da de él más que una idea enteramente falseada por exceso de simplificación; veremos más adelante que la tendencia a la simplificación abusiva es también uno de los caracteres del espíritu moderno, y que, por lo demás, acompaña inevitablemente a la tendencia a reducirlo todo a la cantidad. La verdadera representación del tiempo es la que proporciona la concepción tradicional de los ciclos, concepción que, bien entendido, es esencialmente la de un tiempo «cualificado»; por lo demás, desde que se trata de representación geométrica, ya sea realizada gráficamente o simplemente expresada por la terminología de la que se haga uso, es evidente que se trata de la aplicación del simbolismo espacial, y esto debe dar a pensar que se podrá encontrar en ella la indicación de una cierta correlación entre las determinaciones cualitativas del tiempo y las del espacio. Es lo que ocurre en efecto: para el espacio, estas determinaciones residen esencialmente en las direcciones; ahora bien, la representación cíclica establece precisamente una correspondencia entre las fases de un ciclo temporal y las direcciones del espacio; para convencerse de ello, basta considerar un ejemplo tomado entre los más simples y más inmediatamente accesibles, el del ciclo anual, que juega, como se sabe, un papel muy importante en el simbolismo tradicional, y en el cual las cuatro estaciones se ponen en correspondencia respectiva con los cuatro puntos cardinales.

René Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos (1945)

Rene Guenon

Estado del Bienestar

Los años comprendidos entre 2002 y 2007 fueron los años de «el mundo va bien«. Los años en los que todo era posible, porque a cualquiera le estaba permitido acceder a los niveles de endeudamiento que fueran necesarios para cumplir su sueño. Evidentemente, en un contexto como ese no estar bien, no sentirse bien, no comportarse animadamente, no tenía cabida ni era aceptable.

Desde los años ochenta proliferaron medicamentos y sustancias orientadas a mejorar el rendimiento, a reducir el cansancio, a eliminar la ansiedad o a propiciar el descanso. Posiblemente, el más conocido sea el Prozac, de los laboratorios Eli Lilly and Company, comercializado a partir de 1987. Pero desde finales de los noventa comenzaron a generalizarse componentes químico-farmacéuticos cuyo objetivo era, simplemente, ayudar a sentirse bien.

En un mundo exitoso, en crecimiento, en el que todo era posible, ¿cómo iba alguien a no estar receptivo, a no sentirse bien? Incomprensible e inaceptable, y más aún si una batería de sustancias lo hacían posible y lo fomentaban: sentirse bien contribuía a hacer negocios, lo que generaba un aún mayor sentimiento de bienestar.

Santiago Niño-Becerra, Capitalismo 1679-2065 (2020)

Kósmos

La palabra griega kósmos no admite una sola traducción, dado que se refiere a una presencia dual de orden y belleza. Cuando Pitágoras llamó kósmos al universo, lo hizo movido por el afán de describir la encarnación del orden, la belleza y la armonía de la naturaleza.

Que el mundo físico encarna ambos conceptos, el de belleza y el de armonía, puede demostrarse de muy diversas formas, pero nosotros precisamos de una prueba racional definitiva porque hemos olvidado nuestra conexión con la red interna de la vida. Cuando somos capaces de apreciar la exquisita magnificencia de un bosque, de una cadena montañosa o de una galaxia lejana con la mirada limpia, sin ceder a ninguna perturbación, la belleza y la armonía del universo de inmediato nos resultan obvias y las percibimos sin necesidad de disertaciones. Como escribió William Blake: «Si las puertas de la percepción estuvieran limpias, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito».

David Fideler, Restaurar el alma del mundo (2023)

Razón vital

La vida es prisa y necesita con urgencia saber a qué atenerse y es preciso hacer de esta urgencia el método de la verdad. El progresismo que colocaba la verdad en un vago mañana ha sido el opio entontecedor de la humanidad. Verdad es lo que ahora es verdad y no lo que se va a descubrir en un futuro indeterminado. […] Era una curiosa manera de existir a cargo de la posteridad, dejando la propia vida sin cimientos, raíces ni encaje profundo. El vicio se engendra tan en la raíz de esta actitud, que se encuentra ya en la «moral provisional» de Descartes. De aquí que al primer empellón sufrido por la armazón superficial de nuestra civilización: ciencia, economía, moral, política, el hombre se ha encontrado con que no tenía verdades propias, posiciones claras y firmes sobre nada importante.

Lo único en que creía era en la razón física, y ésta, al hacerse urgente su verdad sobre los problemas más humanos, no ha sabido qué decir. Y estos pueblos de Occidente han experimentado de súbito la impresión de que perdían pie, que carecían de punto de apoyo, y han sentido terror pánico y les parece que se hunden, que naufragan en el vacío.

Y, sin embargo, basta un poco de serenidad para que el pie vuelva a sentir la deliciosa sensación de tocar lo duro, lo sólido de la madre tierra, un elemento capaz de sostener al hombre. Como siempre ha acaecido, es preciso y bastante, en vez de azorarse y perder la cabeza, convertir en punto de apoyo aquello mismo que engendró la impresión de abismo. La razón física no puede decirnos nada claro sobre el hombre. ¡Muy bien! Pues esto quiere decir simplemente que debemos desasirnos con todo radicalismo de tratar al modo físico y naturalista lo humano. En vez de ello tomémoslo en su espontaneidad, según lo vemos y nos sale al paso. O, dicho de otro modo: el fracaso de la razón física deja la vía libre para la razón vital e histórica.

Ortega y Gasset, Historia como Sistema (1942)

Soledad

Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación, que su mágico deseo se había cumplido y ya no era posible retirarlo, que ya no servía de nada extender los brazos abiertos lleno de nostalgia y con el corazón henchido de buena voluntad, brindando solidaridad y unión; ahora lo dejaban solo. Y no es que fuera odioso y detestado y antipático a los demás. Al contrario, tenía muchos amigos. Muchos lo querían bien. Pero siempre era únicamente simpatía y amabilidad lo que encontraba; lo invitaban, le hacían regalos, le escribían bonitas cartas, pero nadie se le aproximaba espiritualmente, por ninguna parte surgía compenetración con nadie, y nadie estaba dispuesto ni era capaz de compartir su vida. Ahora lo envolvía el ambiente de soledad, una atmósfera de quietud, un apartamiento del mundo que lo rodeaba, una incapacidad de relación, contra la cual no podía nada ni la voluntad, ni el afán, ni la nostalgia. Este era uno de los caracteres más importantes de su vida.

Hermann Hesse, El Lobo Estepario (1927)

Pseudofilosofía

Nuestra cultura se ha prendado tan ciegamente de la tecnología que permitimos que la ciencia, con fundamento en un malentendido, quede sobrerrepresentada en nuestra élite intelectual. Las consecuencias dañinas de este error se perciben con creciente intensidad en la cultura, en forma de un paradigma materialista que, aun siendo infundado, desintegra todo significado y esperanza de la vida humana. Es hora de que lo corrijamos. Es hora de que entendamos que la física, aunque valiosa y extremadamente importante, sólo modela los elementos del «juego»: hacia dónde disparar, qué muro evitar, etcétera. La verdadera naturaleza subyacente a la realidad —las operaciones internas del ordenador que ejecutan el juego— es una cuestión filosófica. Requiere métodos diferentes para ser valorada y entendida del modo apropiado. Pues mientras se permita a científicos como Stephen Hawking hacer absurdas declaraciones pseudofilosóficas sin que sean ignorados o ridiculizados con rotundidad por los principales medios de comunicación —exactamente de la misma manera, digamos, que un artista famoso sería ridiculizado o ignorado por hacer manifestaciones pseudofilosóficas—, nuestra cultura no logrará entender la naturaleza de la difícil situación que atravesamos.

Bernardo Kastrup, ¿Por qué el materialismo es un embuste? (2013)

Pena de Muerte

Sabido es que el comandante en jefe de un ejército es a la vez su máximo poder judicial, y que lo más doloroso de su función en este sentido es la confirmación de las penas de muerte. Por un lado, es deber inexcusable el de mantener la disciplina y sancionar con rigor la cobardía en el combate, por cuanto con ello se defiende el interés de la colectividad. Mas, por otro, ¡es tan duro extinguir una vida con la propia firma!

¿Que la muerte reclama cada día en la guerra cientos o miles de vidas y que cada soldado tiene que hallarse dispuesto a entregar la suya? Desde luego; pero es algo muy distinto caer con honor en el combate, prematuramente alcanzado por la incierta aunque no inesperada bala, de caer con vilipendio frente a las bocas de fuego de los fusiles antes fraternos.

Mariscal von Manstein, Victorias Frustradas (1955)

Pensar

Solo el dolor causa un cambio radical. En la sociedad paliativa prosigue lo igual. Viajamos por todas partes sin hacer ninguna experiencia. Nos enteramos de todo sin alcanzar un auténtico conocimiento. Las informaciones no conducen ni a la experiencia ni al conocimiento. Carecen de la negatividad de la transformación.

La negatividad del dolor es constitutiva del pensamiento. El dolor es lo que distingue al pensar del calcular, de la inteligencia artificial. Inteligencia significa «escoger entre» (inter-legere). Es una capacidad de discernimiento. Por eso no se sale del ámbito de lo ya existente. No es capaz de engendrar lo totalmente distinto. En eso se diferencia del espíritu. El dolor hace que el pensamiento sea más profundo. Pero no hay un cálculo profundo. ¿En qué consiste la hondura del pensar? A diferencia del cálculo, el pensar crea una perspectiva totalmente nueva del mundo, e incluso un nuevo mundo. Solo lo vivo, la vida capaz de sentir dolor, es capaz de pensar. La inteligencia artificial carece justamente de esta vida.

Byung-Chul Han, La sociedad paliativa (2021)

*Fotografía: Elina Brotherus

Karma

El momento crítico del “sufrimiento” es aquel en que aparece; el padecimiento sólo perturba en la medida en que su causa permanece todavía ignorada. En cuanto el brujo o el sacerdote descubre la causa por la cual los hijos o los animales mueren, la sequía se prolonga, las lluvias arrecian, la casa desaparece, etcétera, el “sufrimiento” empieza a hacerse soportable; tiene un sentido y una causa, y por consiguiente puede ser incorporado a un sistema y explicado.

Lo que acabamos de decir del “primitivo” se aplica también en buena parte al hombre de las culturas arcaicas. Ciertamente, los motivos que sirven como justificación del sufrimiento y el dolor varían según los pueblos, pero la justificación vuelve a encontrarse en todas partes. En general puede decirse que el sufrimiento es considerado como la consecuencia de un extravío con relación a la “norma”. Cae de su peso que esa “norma” difiere de un pueblo a otro y de una civilización a otra. Pero lo importante para nosotros es que el sufrimiento y el dolor no son en parte alguna —en el cuadro de las civilizaciones arcaicas— considerados como “ciegos” y desprovistos de sentido.

Así, los hindúes elaboraron tempranamente una concepción de la causalidad universal, el karma, que explica los acontecimientos y padecimientos actuales del individuo, y a un mismo tiempo explica la necesidad de las transmigraciones. A la luz de la ley del karma, los sufrimientos no sólo hallan un sentido, sino que adquieren también un valor positivo. Los sufrimientos de la existencia actual no sólo son merecidos —puesto que son el efecto fatal de los crímenes y de las faltas cometidos en el curso de las existencias anteriores—, sino además bienvenidos, pues sólo de ese modo es posible recordar y liquidar una parte de la deuda kármica que pesa sobre el individuo y decide el ciclo de sus existencias futuras. Según la concepción hindú, todo hombre nace con una deuda, pero con la libertad de contraer otras nuevas. Su existencia forma una larga serie de pagos y préstamos cuya contabilidad no siempre es aparente. El que no está totalmente desprovisto de inteligencia puede sobrellevar con serenidad los sufrimientos, los dolores, los golpes que recibe, las injusticias de que se le hace objeto, etcétera, porque por cada una de ellas resuelve una ecuación kármica que en el curso de una existencia anterior quedó sin solución.

Mircea Eliade, El Mito del Eterno Retorno (1949)

Autocrítica

La gente ha sido inexplicablemente buena conmigo. No tengo enemigos, y si ciertas personas se han puesto ese disfraz, han sido tan bondadosas que ni siquiera me han lastimado. Cada vez que leo algo que han escrito contra mí, no sólo comparto el sentimiento sino que pienso que yo mismo podría hacer mucho mejor el trabajo. Quizá debería aconsejar a los aspirantes a enemigos que me envíen sus críticas de antemano, con la seguridad de que recibirán toda mi ayuda y mi apoyo. Hasta he deseado secretamente escribir, con seudónimo, una larga invectiva contra mí mismo. ¡Ay, las crudas verdades que guardo!

A mi edad uno debería tener conciencia de los propios límites, y ese conocimiento quizá contribuya a la felicidad.

Jorge Luis Borges, Notas autobiográficas (1970)

Encuentro consigo mismo

Es cierto que quien mira en el espejo del agua, ve ante todo su propia imagen. El que va hacia sí mismo corre el riesgo de encontrarse consigo mismo. El espejo no favorece, muestra con fidelidad la figura que en él se mira, nos hace ver ese rostro que nunca mostramos al mundo, porque lo cubrimos con la persona, la máscara del actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el verdadero rostro. Esa es la primera prueba de coraje en el camino interior; una prueba que basta para asustar a la mayoría, pues el encuentro consigo mismo es una de las cosas más desagradables y el hombre lo evita en tanto puede proyectar todo lo negativo sobre su mundo circundante. Si uno está en situación de ver su propia sombra y soportar el saber que la tiene, sólo se ha cumplido una pequeña parte de la tarea: al menos se ha trascendido lo inconsciente personal.

Pero la sombra es una parte viviente de la personalidad y quiere entonces vivir de alguna forma. No es posible rechazarla ni esquivarla inofensivamente. Este problema es extraordinariamente grave, pues no sólo pone en juego al hombre todo, sino que también le recuerda al mismo tiempo su desamparo y su impotencia. A las naturalezas fuertes —¿o hay que decir más bien débiles?— no les gusta esta alusión y se fabrican entonces algún más allá del bien y del mal, cortando así el nudo gordiano en lugar de deshacerlo. Pero tarde o temprano la cuenta debe ser saldada. Hay que confesarse que existen problemas que de ningún modo se pueden resolver con los medios propios. Esta confesión tiene la ventaja de la probidad, de la verdad y de la realidad, y así al asumir esa imposibilidad se ponen las bases para una reacción compensatoria de lo inconsciente colectivo, es decir, que quien reconoce la existencia del problema está inclinado a prestar atención a una ocurrencia útil o percibir ideas que antes no había dejado aparecer.

Atenderá quizás a sueños que sobrevienen en tales momentos o reflexionará sobre ciertos acontecimientos que justamente en ese tiempo tienen lugar en nosotros. Si se tiene tal actitud se pueden despertar y captar fuerzas útiles que dormitan en la naturaleza profunda del hombre, pues el desamparo y la debilidad son la vivencia eterna y el eterno problema de la humanidad y para esa situación existe también una respuesta eterna: de lo contrario el hombre hubiera desaparecido hace ya mucho. Una vez que se ha hecho todo lo que se pudo hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno tuviera conocimiento de ello. Pero, ¿cuánto sabe el hombre de sí mismo? De acuerdo con todo lo que la experiencia nos muestra, es muy poco. Por eso queda todavía mucho espacio libre para lo inconsciente.

Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo (1933-55)

Infancia

Yo nunca he sido niño. No he tenido infancia.

Cálidas y blondas jornadas de embriaguez pueril; largas serenidades de la inocencia; sorpresas de los descubrimientos cotidianos del universo: ¿qué son para mí? No los conozco o no los recuerdo. Después los he sabido por los libros, los adivino, ahora, en los muchachos que veo; los he sentido y probado por primera vez en mí, pasados los veinte años, en algún instante feliz del armisticio o de abandono. Infancia es amor, alegría, despreocupación, y yo me veo en el pasado siempre, separado y meditabundo.

Giovanni Papini, Un Hombre Acabado (1913)

Vivir

Nadie puede dejar que su vida se la den hecha; cada cual tiene que hacerla y rehacerla continuamente, día tras día, momento a momento, con sus propias decisiones, con su inteligencia y su voluntad, si quiere que la suya sea una vida realmente humana. Cada uno de nosotros tiene que hacer él mismo su proyecto y llevarlo a la práctica: tiene, en primer lugar, que idearlo, forjarlo, fundarlo, darle forma y fundamento; y, después, empeñar en él su voluntad, esforzarse por que ese proyecto se cumpla, trabajar y organizarse para que se haga realidad en la vida de todos los días, vigilar para asegurarse de que va avanzando hacia su consecución y culminación. No podemos tolerar que nuestra vida nos venga dictada por los órganos de poder o por las consignas más o menos subbliminales lanzadas por la propaganda, la prensa y los medios de comunicación de masas. Y menos aún podemos tolerar vivir sin un proyecto, sin horizonte alguno, sin brújula ni norte que guíe nuestros pasos, como entes inertes y acéfalos o como sacos que son llevados de aquí para allá, como cuerpos sin decisión ni mando propio que van al garete arrastrados por la corriente.

Antonio Medrano, Magia y Misterio del Liderazgo (1996)

El olvido del Ser

Esta Europa, en atroz ceguera y siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy bajo la gran tenaza formada entre Rusia, por un lado, y América por otro. Rusia y América, metafísicamente vistas, son la misma cosa: la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan “experimentar”, simultáneamente, el atentado a un rey, en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo solo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación, cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares, entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo el aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y después qué?

La decadencia espiritual de la tierra ha ido tan lejos que los pueblos están amenazados por perder la última fuerza del espíritu, la que todavía permitiría ver y apreciar la decadencia como tal (pensada en relación con el destino del  “ser”). Esta simple comprobación no tiene nada que ver con el pesimismo cultural, ni tampoco, como es obvio, con el optimismo. En efecto, el oscurecimiento del mundo, la huida de los dioses, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre, la sospecha insidiosa contra todo lo creador y libre, ha alcanzado en todo el planeta tales dimensiones que, categorías tan pueriles como las del pesimismo y del optimismo, se convirtieron, desde hace tiempo, en risibles.

Martin Heidegger, Introducción a la metafísica (1953)

El saber ocupa lugar

Para poder consagrar al tema de nuestras meditaciones todas las escasas facultades que poseemos, desechemos las ocupaciones innecesarias, y esas ideas parásitas tocantes a las menudencias fútiles de la vida, y fijemos tan sólo en la mente, a favor de una atención ahincada y persistente, los datos relativos al problema que nos ocupa. Condenémonos, durante la gestión de nuestra obra, a ignorar lo demás: la política, la literatura, la música, la chismografía, etc. Hay casos en que la ignorancia es una gran virtud, casi un heroísmo: los libros inútiles, perturbadores de la atención, pesan y ocupan tanto en nuestro cerebro como en los estantes de las bibliotecas, y deshacen o estorban la adaptación mental del asunto. El saber ocupa lugar, diga lo que quiera la sabiduría popular.

Santiago Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad (1897)